Posteado por: vicentecamarasa | 26 octubre 2016

Texto. La época de lluvias en la sabana

Por fin llegó la lluvia. Fue repentina y tremenda. Desde hacía dos o tres lunas el sol había ido poniéndose más fuerte, hasta que parecía que estuviera soplando un aliento de fuego sobre la tierra. Desde hacía tiempo la hierba estaba agostada y marrón, y bajo los pies parecía que no hubiese arena, sino carbón ardiente. Los árboles de hoja perenne tenían una capa polvorienta de color marrón. En los bosques habían callado los pájaros y el mundo yacía jadeante bajo el calor vibrante y vivo. Y entonces llegó el rugido del trueno. Fue un cañonazo aislado, metálico y sediento, no el zumbido profundo y líquido de la estación de las lluvias. Se levantó un ventarrón que llenó el aire de polvo. Las palmas ondulaban cuando el viento peinó sus hojas para convertirlas en crestas volantes, como un peinado exótico y fantástico. Cuando por fin llegó la lluvia lo hizo en forma de gotas grandes y sólidas de agua helada, que la gente llamaba «las nueces de agua del cielo». Eran duras y hacían daño al caer, pero los niños corrían contentos a recoger las nueces duras y se las metían en la boca para derretirlas. La tierra revivió en seguida y en los bosques los pájaros se echaron a volar y a trinar de contento. El aire se llenó de un vago aroma de vida y de vegetación verde. Cuando la lluvia empezó a caer con más calma y en gotas líquidas y más pequeñas, los niños fueron a refugiarse y todo el mundo se sintió feliz, refrescado y agradecido.

Todo se derrumba (Chinua Achebe)

 

 


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