Posteado por: vicentecamarasa | 14 febrero 2017

UN NUEVO TEXTO SOBRE LA SABANA

Allí, ante la vista, se extendía un centenar de millas para galopar sobre la tierra abierta, ondulante y cubierta de hierba; ni cercos, ni zanjas, ni caminos. No había construcciones humanas salvo las aldeas masai, y esas estaban vacías la mitad del año, cuando los grandes nómadas se iban con sus rebaños en busca de otros pastos. Había pequeñas acacias diseminadas regularmente sobre la pradera, y largos y profundos valles con secos lechos de ríos, de grandes piedras planas, donde había que buscar senderos de ciervos para cruzarlos. Al cabo de un rato te dabas cuenta de lo tranquilo que era todo aquello. Ahora, recordando mi vida en África, pienso que en su conjunto puede describirse como la existencia de una persona que vino de un mundo agitado y ruidoso a otro tranquilo. Un poco antes de las lluvias, los masai quemaban la vieja hierba seca y mientras las praderas aparecían yermas y negras era poco agradable viajar por ellas: las pezuñas de tu caballo levantaban ceniza chamuscada que te cubría por todas partes, incluidos los ojos, y los tallos quemados de las hierbas eran agudos como cristales y cortaban las patas de los perros. Pero cuando llegan las lluvias y la hierba nueva está fresca en las llanuras, sientes como si cabalgaras sobre muelles y los caballos hacen un poco el loco de puro gusto. Las diversas clases de gacelas vienen a los lugares verdes a pastar y parecen como animales de juguete en una mesa de billar. A veces cabalgas en medio de un rebaño de antílopes; las poderosas y pacíficas bestias dejan acercarte y luego se escapan trotando; sus largos cuernos flamean hacia atrás sobre sus erguidos cuellos y los grandes colgajos de piel del pecho, que les hacen parecer cuadrados, oscilan a cada paso. Parecen salidos de un antiguo epitafio egipcio, pero allí acaban de arar los campos y su aire es familiar y doméstico. Las jirafas en la reserva permanecen alejadas. A veces, en el primer mes de las lluvias, la reserva se cubre de blancos claveles silvestres, y, a distancia, las praderas parecen sembradas de nieve.

Memorias de África (Isak Dinesen)

 

Amboseli

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