Posteado por: vicentecamarasa | 30 mayo 2016

POLÍTICA, HIPOCRESÍA, MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y ELECTORADO POLITIZADO

Desde hace algún tiempo nunca digo lo que creo y nunca creo lo que digo; y si alguna vez resulta que digo la verdad, la escondo entre tantas mentiras que es difícil de encontrar

Maquiavelo

Siguiendo el magnífico libro de Vallespín (La mentira os hará libres), no está de más plantear esta reflexión.

Según su autor la política se ha convertido en un simulacro en donde sus principales “actores” (léase políticos pero también medios de comunicación afines y población ideologizada) crean una realidad paralela en donde se juega con unos reglas sacadas casi frase por frase de Maquiavelo, en donde todo es válido si sirve para conserva (o acceder) al poder.

De esta manera, los políticos (y el resto de actores) no tienen una posición precisa o personal sobre los temas, sino que esta cambia según las necesidades coyunturales (léase electorales), pudiéndose desdecir sin rubor de lo antes afirmado tajantemente, pues en realidad no importan las ideas sino su rédito electoral, y se puede mentir un día antes de las elecciones diciendo que era ETA la que provocó el 11-M, votar a favor de la reforma constitucional para vincular la posibilidad del Estado del bienestar al pago de la deuda (Pedro Sánchez que ahora defiende la anulación de este cambio), viajar a Venezuela para hacer campaña electoral propia (Rivera) o rechazar a izquierda unida para realizar un pacto para, pocos meses después, vender a bombo y platillo el pacto.

Como puede verse no se trata de un partido, es el sistema entero el que juega con estas leyes basadas en el cortoplacismo de las democracias en donde las citas electorales se encadenan unas con otras.

Junto a esta visión estrecha de la política (medida casi diariamente por las encuestas) se une la presión de los medios de comunicación que en su mejor versión (la que intenta la verdadera objetividad) someten a los políticos a un escrutinio diario que les “obliga” a las declaraciones sin ruedas de prensa (o en plasma como caso extremo), el control absoluto de todo tipo de declaraciones (con sus argumentarios repartidos por todos los cargos para que se repitan las mismas ideas, sin matices propios) o las estrategias de comunicación (como el control de las redes de Podemos). Es, en palabras del autor: “La intensificación del fingimiento como mecanismo de defensa frente a una observación mediática sin descanso

Añadamos a esto los medios de comunicación partidarios y, sobre todo, una parte del electorado tan ideologizado (más diría partirizado) que repite sin crítica los argumentos ya fabricados y admite (sin escrutinio) todo tipo de consignas, manipulaciones de noticias en redes sociales…

Se crea así una forma verdaderamente posmoderna del poder en el que éste se convierte en pura mercancía que ha de ser vendida a cualquier precio y que impide los grandes consensos (¿para cuando una verdadera ley consensuada de educación?) o políticas a largo plazo (excluyendo así de la agenda temas tan cruciales como el medio ambiente, la reforma constitucional, el nuevo sistema de trabajo…)


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